La última noche

Hay imágenes que el tiempo no borra.

Hace unos años acompañaba a mi marido durante una internación. En la cama de al lado ingresó un hombre, de unos cincuenta años, junto a su esposa. Al día siguiente sería sometido a una cirugía cardíaca de alto riesgo.

Esa tarde escuchamos al equipo médico explicar el procedimiento. Hablaron de riesgos, de posibilidades, de cuidados. Nadie podía asegurar el resultado.

Llegó la noche.

Cuando apagaron las luces, la habitación quedó en silencio. Él permanecía en su cama. Ella, sentada en una silla junto a la ventana. Los dos sostenían un celular entre las manos. Cada uno deslizaba el dedo sobre la pantalla, completamente absorbido por un mundo que no era ese cuarto de hospital.

No hablaban.

No se miraban.

No se tomaban la mano.

Simplemente hacían scroll.

Recuerdo esa noche porque casi no pude dormir. Él roncaba con fuerza. A las seis de la mañana encendieron las luces y comenzaron los preparativos para la cirugía. Un biombo separó las camas. Minutos después lo vi salir sentado en una silla de ruedas.

Se dieron un beso.

Breve.

Profundo.

Quizás sin saber que sería el último.

Las mucamas acomodaron la habitación y, en apenas quince minutos, parecía que nadie hubiera estado allí.

Ese mismo día dieron de alta a mi marido. Antes de irnos intercambié el número de teléfono con aquella mujer. Horas más tarde le escribí para preguntarle cómo había salido la operación.

Su respuesta fue corta.

Su esposo había fallecido.

Desde entonces esa escena vuelve a mí una y otra vez.

No porque hayan usado un celular.

Sino porque me recuerda cuántas veces creemos que habrá otro momento para decir lo importante, para abrazar, para llorar juntos, para sentir lo que está pasando.

Y muchas veces ese «después» no existe.

Con el tiempo comprendí que no escapamos de las emociones.

Escapamos de las sensaciones que esas emociones producen en nuestro cuerpo.

Cuando algo duele buscamos anestesia. Puede ser el teléfono, el trabajo, las compras, la comida, las redes sociales o cualquier otra distracción. Todo sirve si logra alejarnos, aunque sea por un instante, de sentir.

Pero lo que evitamos sentir no desaparece.

Permanece.

Espera.

Y vuelve, muchas veces con más intensidad.

Vivimos en una cultura que interpreta la incomodidad como un error. Si algo duele, creemos que está mal. Si aparece tristeza, miedo o incertidumbre, sentimos que deberíamos salir de ahí cuanto antes.

¿Y si el problema no fuera la emoción?

¿Y si la emoción no viniera a castigarnos sino a mostrarnos algo que necesita ser integrado?

Crecer nunca fue un proceso cómodo.

Una semilla debe romper su propia cáscara para convertirse en árbol.

La transformación siempre implica una ruptura.

Quizás el bienestar no consista en evitar el dolor, sino en desarrollar la capacidad de permanecer presentes mientras lo atravesamos.

Respirar.

Sentir el cuerpo.

Observar sin escapar.

Descubrir al personaje que aparece en nosotros cuando algo incomoda y, en lugar de reaccionar automáticamente, aprender a responder con conciencia.

No somos nuestras emociones.

Somos quienes pueden observarlas.

El placer y el dolor forman parte de la misma experiencia de estar vivos. Cuando dejamos de pelearnos con uno y de aferrarnos al otro, comenzamos a vivir desde un lugar más libre.

Aquella última noche en esa habitación de hospital sigue enseñándome lo mismo.

La vida ocurre aquí.

No en la próxima notificación.

No en el siguiente video.

No en el próximo scroll.

Aquí.

En este instante.

En esta respiración.

En esta mirada.

Porque nunca sabemos cuándo un momento cotidiano será, sin que nadie lo imagine, el último.

historias alteradas, integradas y ampliada de la villa

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