Después de muchos, muchos años, ella regresó a un lugar de esos donde fue feliz.
Cuando era pequeña, sus papás trabajaban en esa casa, en ese campo, en esa estancia. Eran papás jóvenes. Muchas aventuras de vida las vivió ahí.
Por ejemplo, el aroma a tierra mojada, las lluvias fuertes, el contacto con los animales, andar a caballo, la manera de jugar, los lujos (de los que tienen dinero), las distancias y las dimensiones.
En el campo se quemó por primera vez, con leche hirviendo… y, aun así, seguía mirando a las vacas, confrontando el dicho: “Quien se quema con leche ve la vaca y llora”.
Fueron buenos tiempos en su mirada de niña.
Ella vivía ahí con sus padres y sus hermanas mayores. Jugaban, cultivaban frutas, corrían libres, contemplaban los árboles enormes. De hecho, todo era grande en el campo y dentro de la casa grande.
Hace poquito volvió al lugar…
Había ido antes, pero esta vez fue distinto.
Ahora iba a un evento especial. Iba con pausa, con una nueva mirada… y sí, todo lo vio distinto.
Comenzando por la distancia desde el pueblo al campo. De chica parecía lejos, lejísimos, cuando iba a llevar a las niñas a la escuela en sulqui. Ahora fueron solo unos metros.
Al llegar pudo ver desde la entrada la casa grande (donde vivían los dueños), la casa vieja y la casita…
La casa grande no la vio tan grande, la vio normal.
La casita vieja —que era un chalet—, donde solo se usaba para leer, recibir visitas o como oficina, ahora estaba habitada.
Y la casita donde ella vivía ahora era una bodega.
Con esos nuevos ojos, hizo un breve recorrido por las zonas comunes y sí, todo se había achicado… o ella había crecido. Sus perspectivas eran otras y estaba bueno, eso la sorprendía.
En ese lugar estaba ocurriendo el casamiento de su sobrino y parecía mágico.
Observaba su entorno y estaba rodeada de seres queridos.
Siguió con su recorrido y ahí recordó el árbol de quinotos. Está seco.
El árbol grande, ahí está. Ya no tan grande y algo gris por la temporada.
De fondo, el cantar de las loritas verdes. Como si el lugar también guardara sonidos de aquella infancia.
Ahí estaba el tanque —era la pileta de los veranos—. Recordó que para llegar tenía que recorrer gran parte del patio, pero no… ahí estaba, casi pegado a la casa.
Y, con la nostalgia en las manos, entró, se sumergió en los recuerdos.
El pasillo inmenso ya no era tan largo.
Recordó la alfombra de vaca que comúnmente estaba puesta ahí, sobre un piso de parquet. Donde andaban descalzas, donde corrían y veían la tele (teníamos la misma edad que las niñas de la casa grande y jugábamos juntas algunos días).
Entró al comedor, que en su recuerdo era inmenso. Tenía una mesa larga, donde la señora de la casa armaba sus cenas de lujo. Recordó y miró que no era grande…
Ese día alojaba la mesa de dulces, postres y delicias significativas de la boda.
La cocina le llenó la mente de olores de esa infancia: miel de maple, tostadas, café, frutas…
El cuarto de juguetes.
El cuarto de las niñas.
El baño.
Todo había disminuido de tamaño.
¡Cuántos recuerdos regresaron!
Esa casa estaba siendo testigo de una boda. Ahora es un lugar que organiza eventos.
Aquel fue un día mágico.
Las dimensiones que nos da el tiempo van cambiando.
Hoy ella es una mujer que mira distinto.
Aquella mujer se achicó para recordar, para contemplar, para abrazar.
Aquella niña, llena de asombro y curiosidad, creció.
Le gusta imaginar que volverá en un corto tiempo.
Quizás su mirada vuelva a cambiar.
Hoy deja aquí este recuerdo, esta dimensión.
Este nuevo comienzo para ellos.
Este regalo para su hijo.
Agradece lo que fue, agradece lo que es y agradece la posibilidad de vivirlo para contarlo.
Ella, mientras escribe, sonríe.
Ella, mientras escribe, recuerda.
Ella, mientras escribe, se maravilla.
Ella, mientras escribe, vuelve a sentir la sensación en el cuerpo.
La niña volvió al lugar, pero la mujer que escribe también volvió a encontrarse con ella.
¿Te ha pasado?
¿Ver los mismos lugares y verlos distintos?
Me encantará leer tu experiencia.