Un día “normal”

El 24 de septiembre de 2026 me desperté como casi todos los días a las 6:00 a. m. Me levanté con un incipiente dolor de cabeza, por lo que, después de los desayunos y dejar a los niños en la escuela, decidí que no iría a mi clase de funcional. Las ganas y la disciplina se habían quedado entre las sábanas. Era mejor prepararme para el día que tenía delante, lleno de citas.

Me subí a la bici y emprendí el camino.

A las 10 a. m. estaba esperando la primera cita y, al terminar, alcancé a escuchar a dos personas que platicaban y la conversación era algo así:

Persona 1: Bueno, pues ahora sí, ya a trabajar.

Persona 2: ¿Pero ya terminó el desayuno? ¿Es todo lo que me vas a dar?

Persona 1: ¡Pues sí fue un desayuno completo! ¡Ya no tengo nada más!

Persona 2: ¡Pero si lo que me diste no me llenó ni el ombligo!

Me fui hacia el siguiente punto riéndome.

En la segunda cita entregué un material y revisamos una hermosa fachada a la cual le di mantenimiento. Saqué fotos y me fui de ahí muy contenta; ya casi estaba todo terminado y esta vez veía la cantera con un nuevo brillo. Francamente, espectacular.

De ahí seguí mi camino para comprar unas lámparas en el mismo local donde ya me conocen y ya saben qué modelos voy a pedir. Entré, saludé y pedí las siete lámparas modelo quesito que necesitaba. Sí, así le llaman a ese modelo de lámpara y me parece que es hermoso su nombre. Les pedí si me las podían llevar y pagué mi total.

Mientras el dependiente de siempre apuntaba el teléfono de quien recibiría las lámparas, lo veía que buscaba en un cajón algo. Ese algo resultó ser un paquete de tarjetas de presentación. Sacó una y, con gran orgullo, me contó que acababa de ser integrado a una banda y me quería dar su tarjeta por si tenía algún evento y para que los pudiera seguir en las redes. Me pareció increíble conocer un poco de la vida privada de alguien que tantas veces había visto atendiendo su negocio de lámparas, sin imaginar que las veces que lo había escuchado cantando mientras esperaba mi pedido, seguramente estaba practicando.

Retomé la ruta planeada para llegar al Centro Histórico, exactamente a la calle de Palma Norte. Como siempre, llegué a Juárez, vuelta en el Eje Central, a la derecha en Donceles, izquierda en República de Chile y a la derecha en República de Cuba. En esta última me bajo de la bici y camino sobre la banqueta hasta llegar a la calle de Palma Norte, donde giro a la derecha.

Sobre la calle de Cuba, en la esquina, se pone un puesto pequeño de tacos. Sobre la calle de Palma también está otro puesto más grande de tacos. Unos cuantos pasos y empecé a escuchar unos gritos:

¡La mochila! ¡Trae la mochila abierta! ¡Se le cayó la mochila!

Yo ni siquiera volteaba porque no cargaba con una mochila, traía mi bolsa especial para la bicicleta, misma que tiene broches con velcro que impiden se abra. Llegó un punto en el que tuve que voltear y ahí fue cuando me di cuenta de que efectivamente traía una mochila arrastrando del pedal de la bicicleta.

Le dije a quienes me gritaban:

¡No es mía!

Bastante confundidos, se volteaban a ver y, cuando regresé caminando, le preguntaron a los del otro puesto si era de ellos. Un pobre joven se levantó de su banco, a medio taco, y reconoció su mochila. Vaya susto que se llevó cuando se dio cuenta de que su mochila ya no estaba a sus pies. Que me la había llevado sin siquiera un clásico “ya te la sabes”.

La devolví con pena y me fui de ahí pensando que por unos segundos había sido la ladrona más rápida del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Llegué a la cuarta cita, con un artista (aunque no le gusta que lo llamen así) para ver unas de sus obras y escoger algunas. Sentada en ese banco podía ver un gran número de cuadros de todos tamaños y con distintos temas. Estaban colgados sin un cuidado museográfico que marcara un hilo conductor.

Ahí, mientras platicábamos y nos bebíamos un café, iba viendo todo y dejándome sentir atraída por uno u otro. Tratando de entender qué hace que una pieza jale tu mirada más que otra. Es algo especial estar dentro del taller de un artista, en medio de materiales, de trabajos inconclusos, mas no abandonados. Salí a mi penúltima cita del día inspirada.

Subí a la azotea del edificio donde estaba haciendo algunos arreglos de mantenimiento, revisé cada detalle y, durante un rato, estuve contemplando el horizonte. Encontraba los hitos conocidos que siempre te van ubicando: el Palacio de Bellas Artes, las cúpulas despintadas de la Profesa, la Torre Latino, más lejos el World Trade Center.

Se acercó el encargado del edificio, que es mucho más ubicado que yo, y le pregunté por las montañas que veía a lo lejos. Era la Marquesa, me señaló un avión y me dijo: “Detrás de donde está ese avión, cuando está despejado, se ve el Ajusco”.

Me gusta cuando, en medio de esta urbe gigantesca, uno vuelve a comprobar que estamos en medio de un valle. Me disgusta recordar que solía ser la región más transparente.

La última parada antes de poder regresar a casa era para recoger unas piezas de plata que estaban listas. Al llegar al edificio y estacionar mi bici, me di cuenta de que no tenía la llave para mi candado.

Automáticamente se acercó un joven a darme una tarjeta para uno entre miles de negocios para anteojos que hay.

—Gracias, ahora no lo necesito —dije mientras buscaba mis llaves.

Le dije que había olvidado mis llaves y pedí su opinión respecto a dejar mi bici sin encadenar. Me respondió: “Yo no lo haría, aparte ya me voy”.

Triste realidad en esta ciudad.

Me fui, no me la quise jugar, no cuando ya estaba asoleada, cansada y aún debía regresar a casa. Pero me dio coraje; no es que tengamos la exclusiva mundial en el robo de bicicletas, pero bien dicen por ahí que mal de muchos, consuelo de tontos.

Llegué a mi casa 15 minutos después, contenta por haber batido mi último récord de pedaleo. En ese lapso que duró mi trayecto iba sonriendo porque, francamente, para un día normal había tenido un poco de todo.

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