Domar el ego

A veces escucho comentarios que presentan al ego como algo no deseable, más bien prepotente, engreído, arrogante, y me pregunto si es la única manera de entender este concepto. Me parece que el ego no es algo bueno ni malo, sino solo una característica más del ser humano, una característica importante, en la que podemos encontrar una parte saludable y otra que no lo es tanto.

En su versión poco saludable, lo que podemos apreciar es la manifestación de actitudes asociadas a la arrogancia, la prepotencia y la soberbia. En esta modalidad, el ego muestra una incapacidad de reconocer los errores que se cometen, lo que en muchas ocasiones impide que la persona sea bien recibida. Más bien, el impulso en los demás tiende a ser de rechazo y las dinámicas de relación generan constantes conflictos.

En su versión saludable, el ego propicia el fortalecimiento de la autoestima, alimenta la motivación de la persona para realizar acciones que la lleven al logro de sus metas u objetivos, favorece las relaciones interpersonales y ayuda a la persona a afrontar situaciones que pueden ser difíciles.

Desde mi perspectiva, el ego nos acompaña a todos durante nuestra vida, y “luchar” contra él es una empresa inútil que solo nos desgasta y nos genera estrés innecesario. La tarea de cada quien debiera enfocarse en lo que algunos llaman domar el ego, lo que requiere hacer las paces con las necesidades que propician manifestaciones poco sanas de esta característica humana.

No conozco una receta particular para lograr esta tarea, pero creo que existen algunos ingredientes que pueden ser de ayuda cuando eliges domar tu ego. Comparto estos elementos sin que haya una jerarquía entre ellos, pues me parece que todos son igualmente importantes, consciente de que tú podrás agregar algunos otros a esta lista:

Descubrir cuál o cuáles son las necesidades que tienes y que te impulsan a asumir posturas de arrogancia o soberbia, y negociar contigo mism@ para encontrar maneras distintas de satisfacerlas. De esta forma, es posible cambiar la postura hacia la humildad, la sencillez y el agradecimiento.

Reconocer que tu propia dignidad es tan valiosa como la dignidad de los demás, que, como seres humanos, somos diferentes, muy diferentes a veces, y que tu valor como persona no te convierte en alguien mejor ni peor que el otro, sino igualmente digno.

Identificar aquellos aprendizajes o lealtades que te impulsan a manifestar tu ego en forma poco saludable, y renunciar a estos, estableciendo o conservando los que favorecen la manifestación saludable del mismo. Es entendible que, si tus modelos de vida fueron personas con un ego inflado, tú elijas seguir ese modelo, consciente o inconscientemente, sin cuestionarte las consecuencias que ello te devuelve.

Considerar tu lugar dentro del universo, mirando mucho más allá de ti, de tu familia, de la sociedad en la que vives o en la que creciste, del país que te vio nacer, del planeta que habitamos, del universo como tal. Es muy probable que, cuando amplías tu mirada de esta forma, te des cuenta de nuestra pequeñez ante la grandeza de lo que llamamos Dios, Naturaleza o como tú le puedas/quieras llamar.

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