Hay dos cosas en mi vida que siempre me han gustado y no fueron novedad de la edad adulta: las plantas y los animales.
Desde niña tuve alguna mascota que cuidar: mi hámster Mayolo, peces, tortugas, una tortuga de desierto que era escapista, periquitos australianos, canarios, perros y hasta unas orugas y unos cangrejos ermitaños que aprendí a cuidar.
Cuando me casé mi esposo tenía un perro llamado Roger. En sus palabras su nombre (Rogelio) le disgustaba tanto que no se lo iba a poner a un hijo así que con el perro moría el nombre en su decendencia. Roger era un labrador miel, algo pasado de peso y que definitivamente no le hacía honor a su raza porque al caer la primera gota de lluvia se quedaba petrificado y empezaba a llorar y temblar. Aunque ya lo conocí adulto era imposible no encariñarse con él porque siempre se siguió comportando como un niño pequeño. Si no salía a caminar organizaba unas orgías de destrucción donde mayormente sufría el jardín. Hacía unos hoyos enormes en los que se metía y solo sacaba los ojos. En esos hoyos fui plantando árboles hasta que verdaderamente ya teníamos un bosque. Lo consentimos hasta que en 2011 se enfermó de una cosa que nos dijeron se llamaba épulis y le provocaba tumores en el hocico. Cuando ya no pudo comer sin un dolor terrible fue cuando tomamos la decisión de dormirlo. En su casa, consentido y rodeado de los que lo queríamos. Lentamente fue recorriendo todo el jardín pausando en los lugares que le gustaban y acercándose a cada uno de nosotros hasta que se recostó junto a su hoyo preferido y se durmió para siempre.
Durante ocho años las únicas mascotas que tuve fueron peces y los cangrejos ermitaños que aprendí a cuidar. Hasta que en 2019 rompimos el luto que le guardábamos al Roger. Una fisioterapeuta con la que íbamos le enseñó a Rogelio una foto de unos cachorritos de ganadero australiano que acababan de nacer. Entre ellos había una que a pesar de su tierna edad ya tenía las orejas bien paraditas y atentas. Ella llegó a esta casa a los 38 días de nacida. Una pelotita blanca que el primer día decidió subir las escaleras y quedarse atorada a mitad de camino.
Incansable.
La llamamos Kowá porque mi hijo a los caballos les decía así de pequeño y me acordé de que en la película Hidalgo contaban que los indios americanos llamaban a los caballos perros a falta de una palabra en su idioma nativo para llamar a esos animales que se habían extinguido en América y habían sido reintroducidos por los españoles. Se la llevó una amiga para entrenarla y tiempo después me confesó que casi abandona el oficio de entrenar por lo necia que era. Eso sí, de aquellos días le queda su único amigo porque eso de ser amiga de otros perros no es lo suyo.
Empezamos a salir a caminar y yo que había leído sobre lo incansable que era esa raza iba agregando cada vez más y más cuadras a nuestras salidas. Llegó el momento en que consideré que lo más adecuado era correr con ella. Así que lunes, miércoles y viernes salíamos a las 5 am para correr durante 1 hora. Martes y jueves había que descansar las rodillas así que era nuestra vuelta corta.
Pronto esas salidas al amanecer se convirtieron en una rutina que ella conocía muy bien. Sabía por la ropa que me ponía si era una vuelta larga o una corta. Si me volvía a acostar podía escuchar sus quejidos muy queditos primero y después sonoros por lo que había que vencer la flojera. La pandemia fue más llevadera corriendo por la ciudad con ella a esas horas en las que no hay casi nadie.
Con el correr de los años he tenido que variar los horarios porque la entrada a la escuela de los niños a las 7:30 no deja una ventana de tiempo para caminar, que desayunen, preparar loncheras y lograr llegar a tiempo. Una cosa si ha permanecido: salir temprano a caminar. Con ella me propuse recorrer todas las calles de la colonia Roma. En la mañana escogía una ruta y al regresar iba coloreando las calles en un mapa. Nos extendimos hacia la Condesa, San Miguel Chapultepec y hasta la Juárez y Cuauhtémoc. Recorrimos Reforma en 31 de diciembre y vimos como montaban los preparativos para el festejo de Año Nuevo.
Hemos ido a la Marquesa, al Ajusco, al Cañón de Nexpayantla.
Nos metimos sin querer a la primera sección de Chapultepec hasta que alguien nos aclaró que “todo el mundo sabía que a esa sección no se entraba con perros”. Evidentemente no era todo el mundo el que sabía esa información.
En octubre cumplirá 7 años y no lo puedo creer porque sigue teniendo cara de cachorra.
Es una gran amiga y uno de los seres vivos que mejor me caen.
Es la única que se alegra infinitamente cuando pregunto “¿nos vamos?”.
Es quien siempre me acompaña cuando veo lo que admiro mientras camino por esta ciudad.