En un día despejado se puede ver hasta el infinito

«On a clear day you can see forever».

Eso anunciaba el título de la película de los años setenta. Ni siquiera es una película que haya visto, simplemente ese enunciado desde el primer momento que lo escuché se quedó conmigo. ¿Qué tan cierto podía llegar a ser? ¿A qué para siempre se refería? Eso lo averiguaría muchos años después.

Cuando era niña y viajaba en coche por la carretera me gustaba acostarme en el asiento para ver por la ventana el hipnótico serpentear de los cables de energía eléctrica que se ven por algunas vías. A lo lejos, las montañas. Me preguntaba por qué no se podía uno frenar a pie de carretera y simplemente adentrarse en esos bosques para llegar a la cima. Tristemente en la familia en la que crecí el tema de salir de la ciudad de vacaciones significaba viajar a otra ciudad. Algunas veces y por insistencia de mi madre es que íbamos al mar, pero nunca unas vacaciones incluían adentrarnos en un bosque y respirar el aire frío. Eso del turismo ecológico simplemente no estaba en los planes familiares. Durante años pensé que la gente cuando pensaba en vacaciones en medio de la naturaleza se dividía entre los amantes del mar y los amantes del bosque. Nosotros éramos más bien amantes de las comodidades que ofrecen las ciudades. Poco a poco fui entendiendo que no es que uno prefiera uno u otro, sino que quitando la parte de diversión desenfrenada (que tiende a suceder tanto en el mar como en la montaña) existe en ambos paisajes la posibilidad de ver directamente hacia el misterio del infinito. Incomprensible para nuestra mente, pero maravilloso para nuestros ojos. Es ese sentimiento de comprender que ante el mundo en que vivimos no somos más que una pequeña mierdecilla de mosca.

Me tomó muchos años y una buena primer guía salir al bosque. En algún lugar de mi mente existía la idea (equivocada) que estar en el bosque era algo que no me iba a gustar. Fue más mi curiosidad y me animé a pedir ser invitada en alguno de los recorridos que Julia hacía al bosque. Lo primero que pensé fue que ir acompañada de una suiza sería garantía ya que ellos debían ser los reyes de recorrer montañas y bosques, Victorinox en mano. Capaces de encender una fogata con tres palitos aunque estuvieran mojados. Fue ahí en el Valle del Silencio, acompañada de ella, sus padres y nuestros hijos que contemplé por primera vez la inmensidad de un bosque rodeando el Valle del Silencio. No sé si fue esa primera ocasión que como una escena de película se empezó a escuchar el Requiem de Mozart mientras un grupo de coro ensayaba. Aún lo tengo grabado en mi mente y mis córneas. El Valle del Silencio, gigantesco y junto a una gran piedra el coro que empezó a cantar y llenó ese silencio de notas musicales. Decidimos que podría ser una buena opción encontrar algún grupo de senderismo que nos pudiera guiar en un trayecto más largo. Retarnos en una ruta que nos ofreciera más y mejores vistas. Salimos al Cañón de Nexpayantla. En mi cabeza rondaba la admiración hacia aquella persona que por primera vez se adentraba en el bosque para explorar y encontrar esas maravillas que la naturaleza fabrica, recordando la ruta de regreso para poder decir a sus amistades tienes que ver esto.

Por esas épocas veía que mi vecina regresaba a casa cargando su equipo de montaña, ganó la curiosidad y pregunté a lo que recibí la siguiente invitación: si sigues interesada, en enero te mando la invitación. Sonaba misterioso, pero finalmente llegó enero de 2024 y volví a preguntar. Me mandaron un programa del Escuadrón 111 que parecía un catálogo de montañas en orden de altura, cada uno con distintos objetivos. Julia, mi primera acompañante me dijo que no. El senderismo sí, pero el alpinismo definitivamente no estaba entre sus planes. A la primera salida no fui, ganó el miedo a ir sola a una actividad donde no iba a conocer a nadie. A la segunda salida tampoco fui, no logré convencer a nadie de acompañarme. Cuando llegó la fecha de la tercera salida, el San Miguel, mi madre me dijo una verdad de esas que te caen encima y te empujan a tomar una decisión. Si sigues esperando a que alguien te acompañe para hacer las cosas que te gustan lo más probable es que te quedes con las ganas de hacerlas.

Que me agarren confesada pensé y me fui al punto de encuentro enfrente de Six Flags. Nunca había ido al Desierto de los Leones, estaba nerviosa. Me presenté, les dije a qué me dedicaba y quien me había invitado. Mi anfitriona no había asistido a esa salida, de hecho, no asistiría en todo el año. Conocí a Gregorio Ignacio, mejor conocido como “El Doc” quien sería nuestro guía. Comenzó la caminata, la emoción inicial dio paso a algo distinto, la incomodidad. Una incomodidad que me hacía cuestionarme en qué me había metido, en dudar de mi decisión, en enojarme por haberme llevado voluntariamente hasta ahí, en darme cuenta de que no habría manera de rendirme porque no sabría cómo regresar. La mochila me incomodaba, la suela de las botas me dejaba sentir en la planta del pie cada una de las piedras del camino. Llegué a la cima y fue ahí, un 25 de febrero de 2024 a mis 45 años recién cumplidos que por primera vez a 3762 msnm contemplé el infinito y me sentí diminuta. Bajamos de la montaña y ya de noche nos reunimos en el punto de partida en un círculo y cada uno dijo lo que más le había gustado, lo que no le había gustado y si volvería. Ahí parada con los pies adoloridos, nerviosa porque aún debía conducir de regreso a casa de noche respondí sin dudarlo que si volvería.

La segunda salida me llevó más alto, al pico del Águila. En la cima recibí mi bautizo de montaña en el que un puñado de tierra de la cima me fue tirado sobre la cabeza mientras me dijeron “la montaña te recibe”. Bajamos por el Espinazo del Diablo un nombre muy adecuado. Me enfrenté por primera vez al vacío y la sensación de no solo ser diminuto, también inmensamente frágil.

Llegó el día de subir la que yo consideraba la primera montaña de verdad: el Nevado de Toluca. El paisaje de subida me hacía pensar en estar en otro planeta. Ahí justo antes de llegar al collado estaba el Doc, viendo nuestras expresiones mientras dábamos los últimos pasos para llegar con él. Esos últimos pasos en los que solo ves una orilla irregular de piedra pero que al llegar al final te deja ver las lagunas del cráter. Me tuve que sentar y respiré profundamente el aire frío mientras se apoderaba de mi un sentimiento que aún no logro definir pero que llenó de lágrimas mis ojos. No rompí en llanto, simplemente escurrieron algunas lágrimas y una felicidad profunda entró en mi corazón. No sé cuántos minutos pude contemplar esas lagunas que solo había visto en fotografías y que ese día por fin las veía con mis propios ojos antes de que llegara la pregunta más difícil “¿quienes quieren subir a la cima?”. Vencí el miedo, pero solo por unos instantes mientras avanzaba entre las rocas lentamente detrás de mis compañeros hasta que no pude más. Los ánimos de las personas que iban de regreso no servían ni me alentaban, “estás muy cerca, te faltan 20 metros”.

No me importaba, me quedé petrificada y me tuve que sentar fuera del camino de los que pasaban. No había hacia adelante, pero tampoco había manera de regresar. Apareció Gregorio hijo, caminando entre las piedras con la seguridad que solo dan los años de experiencia y con toda paciencia me fue enseñando donde apoyar los pies mientras me decía que solo lo mirara a él. Lo logré, sigo sin poderlo creer. A nuestro regreso volvimos a repetir mientras comíamos aquella pequeña ceremonia que hacemos siempre al regresar, qué nos gustó, qué no nos gustó y si volveríamos. Repetí las mismas palabras, si voy a volver. El Doc terminó la plática diciendo que el motivo por el que se adelantaba al collado y nos iba recibiendo era por el gusto de ver nuestras caras al ver por primera vez la vista de las lagunas. Le conmovía profundamente vernos.

La Malinche.
El Iztaccíhuatl hasta el Refugio de los 100.
Cuando voy manejando por el Distribuidor Vial hacia el sur miro hacia las montañas y sonrío porque una parte de mi se siente feliz de saber que ha estado parada ahí. Andamos por la ciudad y vemos las montañas, identificamos su perfil, nos impresiona su altura y su belleza. Por el contrario, cuando estamos parados en ellas los productos de la existencia humana se convierte en puntitos que a duras penas se ven, si es que se ven.
El silencio del camino me lleva a pensar, en cosas estúpidas, en momentos que aun no comprendo, en futuros que deseo. Avanzamos en grupo y nos cuidamos, platicamos por momentos y nos acompañamos en silencio. A veces dormimos una siesta mientras descansamos en la confianza de que estamos juntos. Compartimos la comida que traemos. Pedimos permiso a la montaña para subir y le pedimos que nos deje bajar porque como dice el Doc, la cumbre es cuando todos estamos de regreso en casa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comparte este contenido
Impulsa este Blog: