Todos tenemos un Juan de la infancia

Los jueves tienen algo especial.

Son días de encuentro.
De esos que no necesitan mucha explicación: amigas que se reúnen, se abrazan, conversan y comparten algo rico. Pero, sobre todo, se encuentran.

Se encuentran las historias.
Las miradas cómplices.
Las risas que salen fácil… y también, a veces, las lágrimas que piden espacio.

Ella no siempre puede ir. La vida, como a todos, a veces le cambia los planes. Pero esta vez hizo lugar. Se acomodó. Y sus ganas de estar pudieron más.

Y ahí estaba.
Sentada entre amigas. Presente.

Como suele pasar, las conversaciones se fueron abriendo solas. Un tema llevó a otro y, casi sin darse cuenta, estaban hablando de la infancia.

De hermanos.
De travesuras.
De esas historias que viven en el cuerpo aunque hayan pasado años y que, al recordarlas, vuelven a sentirse.

Dos de ellas empezaron a encontrar coincidencias. De esas que sorprenden.
Ambas habían sido especialmente traviesas: chicas inquietas, curiosas, intensas y adorables (dependiendo de la situación).

Y entonces aparecieron las marcas.

Las visibles: cicatrices en las rodillas, en los codos, en el mentón.
Pequeños rastros de caídas, juegos, aventuras.

Pero había algo más.

Ambas tenían un hermano llamado Juan.

Y no cualquier Juan.

Uno era trillizo, rodeado de travesuras compartidas. Tenía dos hermanas (quizás menos arriesgadas que él). Sus andanzas lo habían llevado más de una vez al hospital.
El otro, también Juan, parecía caminar siempre al límite, rozando el peligro en más de una ocasión.

Las historias empezaron a entrelazarse.
Las coincidencias eran muchas… pero lo de los Juanes tenía algo especial. Algo que hizo reír, sorprenderse y también quedarse pensando.

Fue ahí cuando algo en ella se movió.

Pensó en las vidas paralelas que existen. En cómo cada infancia es un mundo distinto y, al mismo tiempo, tan parecido. En lo que fue, en lo que no fue, en lo que quedó guardado.

Sintió una nostalgia suave.

Recordó la suya.
Distinta. Pero suya.

En su historia no había un Juan.
Pero sí había cómplices.
Esas presencias que hacen que la infancia sea lo que es: un territorio compartido.

Porque siempre hay “un Juan”.
Aunque no se llame así.

Puede ser una hermana o varias…
Un primo.
Una amiga.
Un vecino.

Alguien que convirtió los días en aventura.
Que sumó adrenalina, risas, algún susto… y muchos recuerdos.

Y entonces se preguntó:

¿Cuánto hace que no volvemos a esos momentos?
¿Cuánto hace que no recordamos alguna locura de cuando éramos chicos?

Tal vez, si lo hacemos, descubrimos algo simple y profundo:
que en muchos de esos momentos éramos felices… y no lo sabíamos.

3 comentarios

  1. Hace poco estuve vivenciando momentos de esos “tan especiales” y yo tengo dos “Juanas” y en la cena compartida las risas y lágrimas también salieron entre la historia actual con mis amigas de toda la vida Lorena y Marcia y la verdad que me colmó el alma de lindos recuerdos y me quedó en el corazón un bombón explosivo de amor !!!! El que me traje a México y me dura todo el año ✨. Gracias Claudia por traerlo a este espacio

  2. Qué hermoso texto!! Las aventuras de la infancia nos marcan y nos enseñan. Siempre es lindo volver a esos momentos en la vida adulta. Los jueves suelen ser más maravillosos cuando hay encuentros de corazón!!

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