Ella despertó con la nostalgia a flor de piel.
Quizás la nostalgia sea parte de las mudanzas. O quizás las mudanzas tengan algo de esa alma vieja que aparece cuando una sabe que algo está por cambiar.
Ella lo sabía.
Había vivido muchas mudanzas. Catorce, recordaba. Seguramente alguna más se le escapaba de la memoria, pero catorce eran las que podía contar.
Esta vez, sin embargo, estaba pensando en las mudanzas desde otro lugar.
Desde otra perspectiva.
Su amiga se estaba mudando nuevamente.
Su anterior mudanza había ocurrido apenas un año atrás, cuando decidió separarse. Cuando decidió mirarse.
Y ahí apareció una de esas creencias que ya traía consigo desde hacía mucho tiempo y de la que habían conversado tantas veces: el miedo a no poder.
Pero había podido.
Había podido muchas veces.
Y probablemente podría muchas más.
Esta vez, mientras volvía a empacar su vida, ella la miraba de otra manera.
Durante muchos años no había reparado en todo lo que implicaban las mudanzas de su amiga. Pero ahora podía verla.
Podía verla moverse, cambiar de casa, de piel, de escenario. Volver a armarse entre cajas, entre decisiones, entre todo eso que una va dejando atrás y todo aquello que todavía quiere llevar consigo.
Y la nostalgia la inundaba.
Le hubiera gustado estar ahí.
Decirle: desde acá estoy, desde acá te acompaño.
Pero sabía que no era lo mismo.
No es lo mismo ayudar a cerrar una caja que sentarse en el piso, frente a una caja vacía, viendo cómo se desarma una casa mientras, al mismo tiempo, empieza a aparecer un nuevo hogar.
No es lo mismo acomodar cosas que mirar una vida en movimiento.
Y quizá por eso esta mudanza le estaba haciendo pensar tanto.
En las suyas.
Ella recordaba sus catorce mudanzas.
No todas lindas.
No todas pacíficas.
Durante mucho tiempo creyó que no le gustaba mudarse. O quizás no le gustaba demasiado esa parte de las historias en la que había que dejar algo atrás.
Pero cada mudanza le había enseñado algo.
A sacar cosas.
A dejar lo que ya no servía.
A mirar primero lo que quería conservar.
A preguntarse qué quería consagrar y qué ya no.
Porque de eso también se trata una mudanza.
De elegir.
De mirar lo que tenemos delante y preguntarnos qué queremos llevar con nosotros.
Qué vale la pena cuidar.
Qué merece un lugar en la nueva casa.
Y qué, aunque alguna vez haya sido importante, ya puede quedarse atrás.
Tal vez eso sea lo que sí le gustaba de las mudanzas.
Que, aun cuando llegan cargadas de nostalgia, también traen una oportunidad.
La oportunidad de mirar.
De elegir.
De hacer espacio.
De volver a empezar.
Entonces recordó una canción que le gusta mucho. Una que dice:
“Soy vecino de esta vida, y resulta que también tú estás aquí…”
Y pensó en esas coincidencias que a veces parecen pequeñas y terminan siendo enormes.
En cómo dos personas pueden encontrarse en esta vida, compartir un pedacito de camino, coincidir incluso en los daños, en los mundos, en las historias.
Ser vecinos de esta vida.
Coincidir.
Y acompañarse.
Quizás eso también sea una forma de hogar.
Porque hay personas que no viven con nosotros y, sin embargo, hacen casa.
Personas con las que coincidimos en un momento determinado, en una conversación, en una mudanza, en una parte de la vida.
Y entonces pensó que quizá de eso se trata también andar.
Andar las vidas.
Andar las casas.
Ir sintiendo hogares.
Dejar huellas.
Porque cada mudanza mueve mucho más que muebles.
Mueve recuerdos.
Mueve certezas.
Mueve preguntas.
Mueve creencias.
Y, a veces, nos obliga a mirar de nuevo aquello que creíamos saber de nosotros mismos.
Ella pensaba en su amiga.
En todo lo que había podido.
En todo lo que seguramente todavía podría.
Y mientras la imaginaba comenzando nuevamente, entre cajas y cosas por acomodar, solo pudo desearle una cosa:
Una buena mudanza, amiga. Y buena vida.
Porque quizás, después de tantas mudanzas, había aprendido que no siempre se trata de llegar a una casa nueva.
A veces se trata de elegir qué queremos llevar con nosotros cuando llegamos.