Ya no puedes dolerme.
Ya no quiero extrañarte.
Ya no quiero sufrirte.
Ni siquiera pensarte.
Porque, de vidas enteras
y eventos gigantes,
tú siempre fuiste
mi dolor más grande.
Y ya no se siente justo
por migajas quedarme.
Entonces me he ido yendo
de a poquitos
y de a pedazos,
poco a poco, un fantasma
de mí en tu vida ir dejando.
Lo peor fue darme cuenta
de que era lo que tú querías.
Porque si me ausento
y no haces nada,
no necesito garantías.
Pero ya no puedo pensarte,
extrañándome o no,
porque la esperanza patológica
me mantiene en el dolor.
Por lo que queda solo
un hilo
muy delgado entre tú y yo.
Y hoy lo corto.
Nos libero
de ese vínculo que existió.