La ausencia de papá en etapas tempranas de la vida de un niño tiene efectos importantes que suelen manifestarse durante la infancia y, más adelante, cuando ese niño crece y se convierte en adulto. Dicha ausencia puede ser física y/o emocional; lo relevante es cómo la percibe y la vive el niño, incluso cuando no es consciente de lo que esa ausencia generó en él.
Puede ser que el padre haya fallecido —en un accidente, por enfermedad o en un hecho violento—; puede ser que haya ocurrido una separación de pareja y papá haya dejado el hogar, quedando los hijos a cargo de mamá; también podría ser que papá tuvo que ir a vivir a otro sitio, lejos de la familia, por motivos de trabajo o de salud.
Los hechos pueden ser distintos. Los efectos, en parte, dependen de las circunstancias en que se dio la ausencia de papá en la vida del niño, pero dicha ausencia tiene un poder importante en la persona.
Algo de lo que he podido apreciar en los procesos de acompañamiento que realizo tiene que ver con niños en cuerpos adultos, que expresan un gran enojo por la ausencia de papá a través de comportamientos violentos o agresivos; adultos que retan o se resisten a la autoridad; personas que encubren su enorme dolor mediante una autosuficiencia soberbia que le dice a papá —y al mundo—: “No te necesito, no quiero nada de ti”.
También están quienes se embarcan en una búsqueda permanente —y destinada al fracaso— de su padre en la pareja, en el amigo o en el jefe; niños en cuerpos adultos que buscan tener un control total de las cosas o de las personas y viven en una desconfianza permanente hacia los otros.
Porque ¿cómo confiar en alguien más si no pudieron confiar en una de las dos personas que se supone debió sostenerles?
También están quienes viven en actitudes de demanda, exigencia y reclamo hacia todos, hacia la vida en general, como si buscaran un salvador que les rescate de su dolor… y terminan relacionándose de un modo que solo provoca aislamiento, rechazo, soledad y vacío.
El poder de la ausencia es grande… y es una decisión personal: algo que elegimos, conscientemente o no, y que podemos cambiar —si llegamos a hacernos conscientes de ello—, de manera que coloquemos nuestro poder en algo que nos lleve a resultados diferentes, que nos acerque a nuestros objetivos.
Desde mi perspectiva, una opción que permite a la persona recuperar su poder pasa por reconocer que papá no estuvo como le hubiera gustado, agradecer lo que fue —como haya sido—, asumir la propia responsabilidad como el adulto que hoy es para hacerse cargo de sí mismo, incluso con la ausencia que vivió de pequeño, y mirar hacia adelante, enfocándose en lo que quiere lograr a partir de ahora con los recursos que tiene a disposición.
¿Fácil? Quizá no. Requiere disposición para renunciar a aquello que la mantiene atrapada en su visión de niña o niño, a las emociones asociadas a esa trampa, y elegir una actitud de agradecimiento, asintiendo a lo que fue y a cómo fue.
Requiere asumirse como el adulto que se es ahora, con la responsabilidad que eso conlleva, y estar dispuesto a hacer las paces con papá independientemente de lo que haya hecho o de lo que le haya faltado por hacer.
A veces esto puede lograrse en soledad. A veces es oportuno buscar a alguien que nos acompañe en esta travesía.