Veinticuatro horas tiene un día, ni una más ni una menos. Aprovechadas o perdidas. Trabajadas o descansadas. En soledad o en compañía. Haya sol o llueva mucho. Con calma o con caos. Veinticuatro.
Hace un tiempo que intento organizar mis horarios y mi agenda; que no se crucen entregas con eventos, cenas familiares con compromisos sociales, cumpleaños de amigos con lanzamientos de libros, entrega de informes en la escuela de mi hijo con alguna reunión de trabajo. Armar el engranaje y tirar de la cadena para que funcione al compás de la vida requiere disciplina, organización, recursos económicos y ganas.
Pero ¿qué pasa cuando algo se sale de mis manos y saca de curso todo lo «planeado»?
Hacer malabares en la vida no basta. Gestionar, tampoco. Hay una parte que no sé si tiene que ver con la alineación de los planetas, tal vez con la suerte, o quizás con lo que no puedo controlar y aún me falta aprender. Entonces, como dicen por ahí: «Si no has aprendido la lección, la vida te la repetirá las veces que sea necesario hasta que lo hagas».
Vengo trabajando en varios proyectos. Ya saben, soy freelance, así que entre una montaña rusa y la vida laboral solo me diferencia el carrito mecánico. Porque hasta el viento, el sol y la tormenta nos da en la cara todo el tiempo. No estoy en una oficina. Por mucho que intento que algo salga bien y en los tiempos previstos, hay retrasos por parte de logística, cambios en tecnología y sistemas operativos, modificaciones en políticas de envío, ajustes y variaciones de último momento. Las fechas no coinciden con la disponibilidad, y entonces, por dentro, todo va derrumbándose lentamente. Ya nada es como lo planeé.
Viene el primer monstruo: el enojo. Y abre la gran puerta a la frustración, la tristeza y la decepción. Crean una junta directiva que, mal acompañada por mis hormonas, da origen a un cóctel con resaca emocional incluida.
Pasan los días, y también toca la puerta la calma. Decisión forzosa. Lección mil trescientos cuarenta y dos de vida: dejar de intentar controlar lo incontrolable. Más de lo que creo no está en mis manos. Más de lo que creo necesita ser en sus tiempos, y no en los míos.
Dos cristales, un trébol, meditación, yoga, bola antiestrés, caminata al aire libre, música de fondo, agenda, calendario, papel y lápiz… y a seguir trabajando, creando y creyendo que las manecillas bailarán a su ritmo algún acorde con el universo.
Son muchas más las cosas que salen bien que las que salen mal. Son más las cosas que tengo que las que me faltan. Estoy llena de miedos, pero también estoy llena de amor y de ganas.
¿Qué va a pasar? No sé.
¿Cómo lo voy a hacer? Con lo que puedo y con quienes quiero.
¿Cómo va a salir? Ni p… idea.
Pero será con todas las ganas, el amor y el humor necesario para llenar de experiencias mi bitácora de vida.