Empecé a cuestionarlo todo,
incapaz de encontrarle sentido a la vida;
incluso respirar
empezaba a agotarme.
Mis pasos se hacían cada vez más lentos,
como si una pena invisible
se aferrara a mis hombros
y aprendiera el peso exacto
de mi cansancio.
Yo, inmóvil,
incapaz de distinguir
entre la realidad y el sueño,
comenzaba a comprender,
con una claridad cada vez más cruel,
que, sin advertirlo,
me estaba perdiendo,
siendo arrastrado lentamente
hacia los vicios,
el insomnio
y el abandono de mí mismo.
De pronto,
ella estaba sentada
al borde de mi cama,
aguardando en silencio;
inmóvil y paciente,
como quien sabe
que, tarde o temprano,
será invitada a quedarse.
No decía palabra alguna;
tan solo tenía una misión:
arrastrarme hacia aquella duda
que separa el cielo del infierno.
Un día me descubrí, sin querer,
hablando al vacío.
Entonces, por fin,
logré ver su rostro:
una sonrisa torcida,
cargada de burla,
descansaba sobre ella,
como si hubiese esperado
ese instante desde siempre.
Aseguraba haber ganado mi alma;
tan solo le faltaba una cosa:
reclamar mi cuerpo.