Soy la vida de dos manos que se encontraron. Una hoja en blanco que a veces asusta
y otras veces emociona,
por el constante intento de escribirme algo nuevo, algo que valga la pena contar.
Soy las veces que he llorado a tiempo, sin evitar el desborde; las veces donde sentir me ha sido más urgente que acertar.
Mi cuerpo quieto aceptando el ardor,
mis manos pequeñas sosteniendo lo que ya nadie quiere cuidar.
Soy los ojos de un niño ante un truco de magia,
la nostalgia que crece al presenciar la escena de un abuelo con su nieta. Soy todas esas personas que han sabido sostenerme la mirada
y me han dicho “te quiero” a mitad de ello.
El abrazo que siempre voy a extrañar,
el amor como protección de la bala,
la ternura para alguien que ya solo sabe defenderse,
la nena pequeña y su facilidad de emocionarse con todo.
Soy la tristeza del otro
y mis ganas de enseñarle mi cicatriz a cambio de su herida. Las manos que constantemente están tocándose por dentro
para asegurarse el cambio.
El suspiro que se escapa como confesión de un sueño; una cama tan deshecha al llegar a casa
que da paz saber que hay alguien más allí.
El verbo que nunca fue promesa
porque siempre prefirió ser más certeza.
Las veces que he vuelto a mirar
porque es lo único que me queda de unos pasos que han comenzado a caminar hacia adelante.
Ese reloj colgado en la pared que no funciona y a nadie le importa, porque estando en casa lo único que agobia es que el tiempo suceda.
Soy todo lo que nadie sabe de mí:
las preguntas que no me han hecho,
las veces que he creído en las palabras en un mundo construido sobre agua, la torpeza del primer beso
y los ojos que se quedaron mirando a su primer amor.
Eso soy.
Y ya no me asusta que volteen a verme;
supongo que ser también se trata de que alguien más te vea y entienda que existes.
Ser lo que todavía no sé, lo que aún no pregunto, no dudo,
no suelto,
y está bien.
Me emociona pensar que también soy lo que todavía no soy.