La voz que me hace chiquita

A veces necesito sacarme los anteojos.
No para ver mejor…
sino para verme.

Entonces me siento frente a mí misma.
No como quien se juzga,
sino como quien se escucha por primera vez.

Hoy quiero hablar de la confianza.
De esa gloria silenciosa que no siempre se siente luminosa,
pero que, cuando falta,
se convierte en muralla.

Una muralla entre lo que creo ser
y lo que, en el fondo, soy.

Hace unas semanas volví a atravesar una sensación conocida:
parálisis… y huida.

Con el tiempo aprendí que cuando eso aparece no es casual.
Es memoria.
Es una experiencia no resuelta que pide ser mirada, comprendida, integrada.

Para entenderla, necesito volver al año 2009,
cuando me recibí de Profesora en Enseñanza Primaria.

Antes de eso había probado otros caminos.
Carreras que no terminé.
Espacios donde no me hallé.
Sentía que algo no encajaba, aunque no sabía bien qué.

Mientras tanto, la vida me había llevado por otros territorios:
formar una familia,
criar hijos,
trabajar en atención al cliente,
emprender,
sostener,
resolver.

Hasta que un día —casi sin querer—
un folleto en una sala de espera me abrió una puerta:
formación docente.

Después de años sin institutos en mi ciudad.

Lo tomé con desconfianza.
Vengo de familia de docentes…
y a veces lo más cercano
es también lo que más resistimos.

Pero algo en mí dijo: probá.
Y así empecé.

Ya no era una jovencita.
Era madre.
Era adulta.
Era responsable de otros…
y, por primera vez, empezaba a hacerme responsable de mí.

Me embarqué en ese viaje con una nave modesta,
las herramientas que tenía
y una convicción algo ingenua, pero poderosa:
esto tiene que tener sentido.

Cuatro años después llegó el aula.
La práctica.
El territorio real.

Y yo me sentía invencible.
Mujer Maravilla, con capa incluida.
Convencida de que iba a hacer la diferencia.
De que iba a poder.

Pero el sistema no siempre recibe bien
a quienes llegan con preguntas profundas.

Pasé por escuelas privadas, por escuelas públicas,
y seguí formándome.
Buscando.
Ampliando la mirada.

Hasta que apareció la posibilidad de una maestría.
Universidad.
Academia.
Prestigio.

Y ahí empezó algo sutil, pero persistente:
hacerme chiquita.

Cuando decía mi título —con orgullo—
la respuesta solía ser la misma:
—«Ah… sos maestra. ¿Y qué más?»

Nada más.
Eso.
Pero parecía no alcanzar.

Y entonces apareció ella.
Una profesora con un currículum inmenso,
libros escritos,
trayectoria internacional,
autoridad.

Yo la engrandecí tanto
que me achiqué sola.

El día que tuve que hablar de mi objeto de estudio
sentí que volvía a ser una niña
frente a una voz que no dejaba espacio.

Balbuceé.
Hablé de neuro, de complejidad, de cuerpo, de emoción.

La respuesta fue suficiente para quebrarme:
—«No. Eso no.
Para eso hay que ser bióloga, psicóloga, médica, endocrinóloga».

Salí de ahí sabiendo algo que no quería admitir:
no iba a volver.
Y no volví.

Guardé apuntes.
Quemé papeles.
Me llené de frustración.

Pero no dejé de buscar.

Busqué en otros márgenes:
neuroeducación,
educación emocional,
pedagogías alternativas,
el cuerpo,
la música,
las emociones,
el clima,
la pregunta por el otro.

Hasta que el cuerpo habló más fuerte que yo.

La voz se fue.
Literalmente.

Disfonía.
Afonía.
Licencias médicas.
Enfermedad laboral.

No podía hablar…
y tuve que escucharme.

La pandemia terminó de dar vuelta todo.
Y en ese silencio obligado
empecé a bucear en serio.

En mí.

Lenguaje.
Emoción.
Cuerpo.
Creencias.

Y apareció una palabra que lo reunió todo:
Humanear.

No como concepto.
Como acción.

Volví al aula distinta.
Abrí ventanas.
Después pantallas.
Después caminos.

Escribí.
Conté historias.
Grabé audios.

Y volví a confiar… de a poco.

Hasta que, años después, en un taller de narración,
escuché una voz.

Familiar.

No recordaba el rostro.
Pero el cuerpo sí.

Era ella.
La misma profesora.
La misma herida.

Y otra vez me hice chiquita.
No leí.
Me callé.
Huí.

Pero esta vez fue distinto.
Porque ya no me fui sin comprender.

Ese era —y es— mi desafío pendiente:
la confianza.

No en los títulos.
No en las jerarquías.
Sino en mi lugar.

No soy bióloga.
No soy médica.
No soy endocrinóloga.

Soy docente.

Y sé, con certeza vivida,
que si no hay emoción, no hay aprendizaje.
Que el aula es tierra fértil.
Que las emociones riegan.
Que el vínculo habilita.
Que enseñar es un acto profundamente humano.

Y que la confianza
no es creerse más,
sino dejar de creerse menos.

Hoy sigo aprendiendo.
Sigo preguntando.
Sigo humanizando.

Porque hay otra manera.
Y empieza siempre
por el modo en que nos miramos
cuando nadie nos está evaluando.

3 comentarios

  1. A veces la vida nos prueba de mil formas: con dudas, con miedos y con caminos que no eran los que imaginábamos. En esos momentos podemos sentirnos pequeños, pero es justamente allí donde nace la verdadera fuerza: la de creer en nosotros mismos. Confiar no significa no caer; significa saber que podemos levantarnos una y otra vez, aprendiendo de cada tropiezo.
    Cada adversidad es una puerta, no un muro. Nos invita a crecer, a mirarnos con ternura y a reconocernos capaces. Cuando dejamos de hacernos chiquitos para agradar o encajar, empezamos a ocupar nuestro lugar en el mundo con seguridad, sin gritos, sin demostraciones: con la quietud de quien sabe quién es.
    Pararse en la vida con amor es abrazar nuestra historia, nuestras luces y nuestras sombras. Es elegirnos, cuidarnos y tratarnos con respeto. Porque cuando nos miramos con amor, el miedo se vuelve más pequeño y nuestros pasos más firmes. Confiar en uno mismo no es soberbia: es el acto más profundo de dignidad y de esperanza.

  2. Me encantó!!
    Feliz de haber caminado juntas parte de tu vida docente; compartiendo tus miradas y posturas, que muchas veces debíamos silenciar ante muchos y gritar con susurros entre nosotras. Te felicito por tu autoconocimiento y crecimiento personal.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comparte este contenido
Impulsa este Blog: