¿Importa lo que piensen los demás?

Vivir en función de lo que pensarán los demás es algo muy común en el ser humano. A pesar de que muchas personas manifiestan que no les importa lo que digan los otros, en los hechos esto influye de manera significativa en las decisiones que toman y en las acciones que llevan a cabo. Es claro que hay a quienes les importa (y mucho) lo que piensen las personas más cercanas, pues de ello depende, en gran medida, si son incluidos o no en el sistema del que forman parte. Así como es claro que la opinión del vecino no tendría por qué hacer una diferencia en lo que se elige hacer o dejar de hacer.

Lo que yo alcanzo a apreciar es que una gran mayoría se limita en cuanto a lo que le gustaría expresar y a las formas en que le gustaría hacerlo. Y lo que le limita es, precisamente, los juicios o críticas que pudiera recibir al hacer algo que pueda parecer extraño, extravagante o poco habitual en su manera regular de ser. Las personas construyen una imagen de sí mismas que pretenden mantener ante los demás, sobre todo si es una «buena» imagen, una que les permite obtener ciertos beneficios en las relaciones que establecen cotidianamente.

Adoptar esta postura puede, efectivamente, ayudar a la persona a seguir contando con la buena apreciación de los demás, a asegurar un buen lugar en los contextos donde se desenvuelve e, incluso, a continuar recibiendo reconocimientos respecto de su forma de ser. La pregunta que surge es: ¿a qué costo?, ¿cuál es el precio que las personas requieren asumir para obtener los beneficios mencionados? Otra pregunta: ¿qué efectos o consecuencias tendrá que asumir la persona con tal de ser reconocida o bien vista por los otros?

El costo más significativo es que, cuando se pretende mantener una imagen ante los demás, el riesgo de perderse a sí mismo es alto. La persona deja de ser consciente de lo que realmente necesita, de lo que en verdad es importante para ella, con tal de satisfacer las expectativas creadas a través de la relación. Y las consecuencias o efectos suelen incidir en la salud física y/o emocional de la persona. Pero, más allá de ella, es probable que dichos efectos alcancen a algunas personas en las siguientes generaciones.

No conozco una receta infalible y única para trabajar con este tema, pero puedo compartir qué es, desde mi perspectiva, aquello que puede ayudar a ordenar las prioridades respecto a los límites que se pueden establecer para escucharse a sí mismo en primera instancia, elegir aquello que represente un beneficio para la persona antes que pensar en los demás y, al mismo tiempo, continuar cuidando y alimentando las relaciones que son significativas.

Algo que ayuda a dimensionar la relevancia de mantener una imagen y establecer prioridades de una forma saludable es, precisamente, ser conscientes de nuestra esencia como seres humanos: falibles, en proceso, mortales, con una tendencia a construir máscaras cuya intención es ser aceptados socialmente y proteger nuestra vulnerabilidad para evitar ser lastimados por los demás. También ayuda elegir conscientemente qué tipo de máscaras mostrar ante determinadas personas y ante cuáles otras mostrarse en toda la vulnerabilidad, con la intención de propiciar un fortalecimiento del lazo que une esa relación (lo cual no garantiza que suceda así).

Lo anterior implica un reto para cualquiera, en el sentido de que requiere mostrarse ante los otros tal como se es, sin máscaras, con el riesgo de ser enjuiciado y quizá hasta excluido del grupo o grupos de los que se forma parte. Y, en el caso extremo de que la persona no sea bien vista, sea criticada o incluso excluida por no ajustarse a las expectativas ajenas, todavía queda la propia aceptación: mirarse a uno mismo con compasión y asentir a lo que se es, sin juicio.

Cuando te atreves a asumirte tal como eres, cuando priorizas tus necesidades, deseos e impulsos respetando al otro y te muestras sin pretender agradar a los demás, uno de los efectos probables más relevantes es que experimentas una ligereza corporal, una sensación de arraigo que te fortalece y, sobre todo, abonas a tu salud emocional y a relaciones mucho más nutricias, mucho más significativas.

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