Me pusieron Beatriz, por no llamarme Casilda
Nací en 1979.
No estoy segura de la relevancia que tiene el año en que nací en lo que escribo.
Es el penúltimo año de la Generación X, la siguiente generación que llegó fue la millennial. Algunos dicen que 1979 y 1980 fueron, más bien, un “intermedio musical”, por llamarlo de alguna manera, entre estas dos generaciones, que justo por esos años parece que se mezclan. No sé si cuando dicen que se combinan es que jalaron lo mejor de las dos, o jalamos lo peor de las dos. Lo cierto es que en estas épocas de Instagram (porque es mi red social predilecta) encuentro situaciones con las que sí me identifico con aquellos que hablan de los gloriosos años de la Generación X y cosas que a mí realmente no me tocaron por ser muy pequeña, tomando en cuenta que la Generación X empezó en 1960.
Tuve una infancia dentro de una línea de normalidad que transcurrió en la Ciudad de México, entre nacer en la colonia Del Valle, irnos a Coyoacán y después a San Ángel, para regresar, ya casada, a la colonia Del Valle.
Me tocó el tristemente célebre temblor de 1985, aunque la verdad es que no tengo recuerdos horrendos gracias a que por esos tiempos ya nos habíamos mudado a Coyoacán. En mi memoria solo está el grito de mi mamá mientras desayunábamos para llamar a mi papá: “¡¡¡¡¡Caaaaaaaaaarloooooooos, está temblandooooooooo!!!!!”. Salimos al patio de la casa y, una vez que había pasado, regresamos a desayunar y nos fuimos a la escuela. Un día como cualquier otro, ignorantes de la destrucción que había en partes del entonces Distrito Federal. Conforme pasaron los días, mi papá nos mandó de “vacaciones” a Guanajuato y, para bien o para mal, seguí en la ignorancia total de la magnitud de lo que había sucedido. Hasta el día en que a mi abuela se le antojó ir a comer sesos a un restaurante que le gustaba mucho en el Centro Histórico y, al llegar al estacionamiento de siempre, encontramos solamente un montón de escombros. Mi hermano recuerda vívidamente que se veía el frente de un coche que había quedado aplastado entre las losas. Yo no lo recuerdo, pero sí lo impresionante que se me hizo ver un montón de losas apiladas y las columnas rotas como quien rompe los palos para comer comida oriental.
El restaurante sí estaba abierto y comimos ahí. La primera y única vez que probé los sesos para darme cuenta de que era un platillo que no iba a consumir nunca más. Promesa que he cumplido. Nunca supe cuántos años realmente tardaron en levantar los escombros, los grandes, porque, si somos muy estrictos, todavía quedan restos de escombros de 1985.
Al año siguiente, el Mundial de México 86. Tenía yo ya 7 años y lo que recuerdo es solamente la canción y a Pique Gol. Todavía tengo las estampas que vendían y que mi bisabuela me compró en Sanborns.
Creo que no vi ningún partido y, si lo vi, supongo que no me debe de haber causado gran impresión porque no quedó grabado en mi memoria.
Para 1998 terminé la escuela y tenía que decidir qué iba a estudiar. A qué le iba a dedicar el resto de mi vida. Vaya que es una responsabilidad grande y yo la tomé con la seriedad que se debía: hice el examen de admisión más barato porque no pensaba pagar muchos más, escogí la carrera de Arquitectura porque ya sabía de qué iba y la única condición que me habían impuesto para irme seis meses a Italia era tener escuela.
Florencia, Italia. Seis meses en 1998.
Seis meses que están guardados en mi memoria y que viven sin pagar renta en mi mente y corazón.
Los teléfonos celulares aún no eran tan accesibles como ahora. El internet era sinónimo de un café donde pagabas por sentarte a revisar tus correos. Donde rogabas que nadie hubiera mandado algún archivo adjunto porque eso significaba que estarías ahí dos horas.
Yo tenía 19 años. Justo la edad en la que comes el fuego a puños. Una edad maravillosamente deliciosa para estar del otro lado del mundo.
1998 era sinónimo de una libertad de la que no gozaba en casa. Entraba y salía del departamento en Via di Novoli 89-B sin mayor preocupación que si tenía cigarrillos y dinero por si me daba hambre.
Había hecho un trato con mi papá de escribir tres días a la semana, trato que se convirtió en dos. Pero, en general, eran siete días para deambular sin rendir cuentas a nadie.
Leía las noticias que llegaban de casa y redactaba algunas líneas para confirmar que seguía viva y para que se enteraran de lo que aprendía. La realidad era que, a veces, solo tirarme en medio de una plaza a ver a la gente pasar, hacer planes con mis amigos y bailar toda la noche era a lo que dedicaba mis días.
Una rutina que consistía en levantarme a las 5 a. m. para tener el baño para mí solita. Regresar a la cama ya bañada. Desayunar pan con mermelada y café con leche. Tomar el autobús y bajarme en la Piazza del Duomo. Lentamente atravesaba la plaza mientras trataba de imaginar a toda la gente que había caminado por ahí durante siglos y siglos.
Caminaba por Via dell’Oriuolo hasta llegar a la Piazza di Santa Croce. Ahí estaba la Scuola Toscana, donde aprendí a hablar italiano y tuve un primer acercamiento a la Historia del Arte.
Esos seis meses me sentaba en un café, leía e-mails y, durante una o dos horas, respondía a cada una de las personas que me escribían. Era capaz de contar lo que traía en la cabeza y el corazón. Reía y lloraba sentada en ese café internet.
Conocí a muchas personas sentada ahí, incluyendo al que atendía algunos días. No recuerdo cómo se llamaba porque, desde el día que lo conocí, lo apodamos David, como la escultura. Tanto se parecía a la escultura, con la única diferencia de que el David del internet era muy sonriente.
Qué belleza ese tiempo en el que aún el tiempo no se revolucionaba a tal grado que me encuentro hoy, a mis 47, respondiendo mensajes en diez plataformas distintas, a todas horas. Lo laboral se mezcla con la amistad y la familia. Responde uno a tres frentes, si es que lo hace.
¿Por qué les digo que me pusieron Beatriz, por no llamarme Casilda?
Pues porque el nombre que quería mi madre para mí era Casilda y mi padre dijo un determinante “no”, por lo que terminé siendo Beatriz tres, hija de Beatriz dos y nieta de Beatriz uno. Hay por ahí otras Beatrices en ese lado de la familia, pero así seguidas, no.
En Florencia, la ciudad donde siempre he estado, aunque físicamente esté yo en la Ciudad de México, cada vez que decía mi nombre me respondían: “Ah, Beatrice, il nome più bello del mondo”.
Y eso es bellísimo porque, si me llamara Casilda, Italia sonaría distinto.